Además de haber ganado invicto un torneo de 19 fechas con 12 puntos de ventaja y apenas seis goles en contra, Julio César Falcioni ostenta otro récord: es el primer técnico boquense de la Era Twitter. En ese mundo virtual donde abundan Premios Pulitzer y Nobeles de diversas áreas, al hoy DT de Banfield se le reconocía la efectividad en los clásicos, como prueba su estadística favorable con los cuatro grandes, pero se le cuestionaba el estilo. Llegó a leerse, no sólo en redes, que algunos equipos de B Nacional jugaban mejor que aquel Boca.

Rodolfo Martín Arruabarrena, quien asumió tras el abrupto final del tercer ciclo de Carlos Bianchi, fue la contracara del Emperador: se valoraba su propuesta, aunque se le caía por las derrotas ante otros grandes. El Vasco perdió cuatro veces (tres oficiales) con Racing, club al que Boca le lleva 30 partidos de ventaja.

Guillermo Barros Schelotto parece haber sintetizado lo peor de cada uno: se critican sus planteos (incluso las decisiones de cuidar o arriesgar titulares) y se le achaca falibilidad en situaciones límite, pese a que nunca perdió un clásico de visitante. Sorprenden los criterios que se utilizan para evaluarlo. No hablamos ya de periodistas identificados con otros clubes, obviamente reacios para elogiar a alguien tan vinculado con la identidad azul y oro, sino de propios hinchas. Están en su derecho de reprocharle la salida de JM Insaurralde, quien podría haber sido el N° 6 en La Paternal si no se hubiera ido a Chile, o el exceso de oportunidades a Walter Bou. Llama la atención que se olviden tan rápidamente del aporte decisivo de Guillermo en algunas de las cuatro Libertadores y dos Intercontinentales que conquistó el club durante la primera década del siglo.

Asombra también que, en medio de la histeria de los paneles televisivos, la apuesta al golpe por golpe sea audacia en el caso de Coudet y desequilibrio en el de Guillermo. La insistencia de aplicar un sistema sea convicción con Holan (o Heinze, incluso) y degenere en capricho con el Mellizo. Y la forma de seguir los partidos tan pasional de Sampaoli o Simeone mute en descontrol si de GBS se trata.

Este domingo, al margen de cómo salga el sábado con Tigre, Boca cumplirá 15 meses como líder del fútbol argentino. Es puntero desde la fecha 13 de la temporada 16/17, cuando ganó 4-2 el Superclásico. Jerarquía individual, riqueza presupuestaria y hasta influencias presidenciales (no ya de Angelici o Tapia, sino del mismo Macri) son algunos de los argumentos que se utilizaron para quitarle mérito a la gestión del entrenador.

Una semana después de aquella tarde en Núñez, la figura clave del triunfo (Carlos Tevez, autor de un doblete) se fue a China. Antes de empezar la 17/18 se cayó la renovación de Ricardo Centurión (otro notorio ejemplo de doble vara). En octubre se rompió los ligamentos Fernando Gago y en noviembre, Darío Benedetto. En el último partido del año pasado, en la cancha de Quilmes contra Estudiantes, se lesionó Paolo Goltz. Boca terminó 1-0 con el único gol de Wilmar Barrios en el club, Santiago Vergini de marcador central y Guido Vadalá de 9 chocando contra Schunke y Desábato.

La Supercopa se coló en el calendario del semestre como una piedra en el camino. Lo dijo con claridad Guillermo: “Distinto sería si fuera otro el rival”. Se instaló en el ambiente que Boca tiene más para perder y River más para ganar. Para ambos es una recompensa muy grande y el vencedor festejará en consecuencia.

Guillermo, eso sí, cuenta con una desventaja: el jueves 15, más allá del resultado en Mendoza, no podrá tomarse franco. A los tres días jugará en Tucumán con Atlético, uno de los mayores desafíos que le quedan en el fixture para dar otro paso hacia el título. Gallardo, 23 puntos abajo, carece de esas preocupaciones.